El desalojo de Francisco “Panchi” Regidor del Colegio Comercial de Ballester constituye un caso testigo de cómo la vulnerabilidad extrema puede ser ignorada por las instituciones llamadas a proteger a los ciudadanos. Que una persona mayor, histórica habitante de un establecimiento escolar, sea desalojada mientras se encuentra internado en un hospital por un ACV, no es solo un error administrativo; es un hecho de una crueldad que ha despertado la indignación de toda la comunidad.
La decisión del Consejo Escolar y de los directivos de arrojar sus pertenencias a la calle y cambiar la cerradura revela una desconexión absoluta con el principio de cuidado que debería regir en instituciones públicas.
La reacción vecinal, sin embargo, ha mostrado otra cara: la de la solidaridad activa. Docentes, alumnos, exalumnos y vecinos de Villa Ballester no se han quedado en la queja pasiva, sino que han pasado a la acción inmediata. La difusión del caso en redes, la pegada de carteles y la organización de una red de ayuda para cubrir sus necesidades básicas —alimento, ropa, medicamentos— dan cuenta de que, ante la ausencia del Estado, es el tejido comunitario el que intenta reparar el daño. Panchi no es solo un caso de desalojo, es un símbolo de cómo se trata a quienes ocupan los márgenes de nuestra sociedad.
Liliana Michaluk, exalumna del colegio, nos cuenta dónde se encuentra actualmente Panchi y expresa su profunda indignación ante el hecho:
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Además, Liliana nos menciona el gran gesto que tenía Panchi y por qué se volvió una figura tan querida por todos los vecinos del barrio:
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El reclamo de explicaciones a las autoridades sigue en pie, mientras la comunidad demuestra que la solidaridad es el único camino cuando la institucionalidad falla.





